El miércoles aparcamos la Bitxa justo enfrente de la casa de Rosario y su familia. El viernes al mediodía ya nos había traído a la Bitxa una fuente de barro de macarrones con tomate, carne y queso gratinado. Un amor.
Rosario nació en Calar de la Santa en 1951, y fue la pequeña de trece hermanos. La de Rosario ha sido una vida de trabajo, como la de muchas mujeres de su generación. Ya desde bien niña, le tocaba cargar la ropa en capazos de esparto y caminar casi una hora, hasta la acequia para lavar de rodillas en el suelo, durante todo el día. Nos contaba que solían poner la ropa a secar sobre el romero, para que pesara menos en el camino de vuelta. Su madre cocinaba muy bien y de ella fue aprendiendo sin que nadie se sentara a enseñarle nada, simplemente mirando, recordando y repitiendo cada plato, hasta darle una vuelta más.
Su casa, la primera casa nueva que se construyó en el pueblo, hace ya más de cincuenta y cinco años, no tenía ni agua, ni luz. Nos contó que su suegro sacó la piedra del propio suelo, para levantar los muros de la casa.
Luis, su marido, quien fue alcalde pedáneo, peleó para traer el agua, levantar el salón social, construir la pista de fútbol, etc. y es que estaba todo por hacer. Mientras tanto, abrían el primer bar del pueblo. Esa fue la manera que encontraron de prosperar y hacer crecer un pueblo donde no había nada. Junto a ellos, otros vecinos se fueron animando a abrir sus propios negocios. Y, de esta manera, Calar fue tomando forma a base del esfuerzo de todas sus vecinas y vecinos.
Desde bien pequeña, su hija Rosario empezó a ayudarla, nos dice que – era tan pequeña que se subía a una silla para poder fregar los vasos –. Así, poco a poco, fueron invirtiendo todo lo que ganaban para construir las casas rurales, restaurar el cortijo próximo al pueblo y abrir el restaurante donde cada sábado, servían hasta ochenta comidas, sin hacer publicidad, todo de boca en boca.
Hoy, el restaurante está cerrado, aunque su hija sigue cocinando por encargo. Hace los postres mejor que ella, dice Rosario, porque aprendió a su lado. Y Rosario, en lo que puede, sigue ahí en la cocina, ayudando.
El sábado nos regaló unos buñuelos rellenos de chocolate, sin palabras; y el domingo, un plato de sus famosas migas de harina, una delicia.
Llegamos a Calar con curiosidad por descubrir el entorno y las historias de los vecinos, y nos fuimos con nuevos aprendizajes, con los pulmones llenos de aire puro y con la tripa llena de mimos.