Núria es veterinaria, zaragozana de nacimiento pero rural de corazón. Empezó en una empresa de terneros de cebo, recorriendo kilómetros entre Monegros y Navarra, hasta que el azar —y un compañero de trabajo— le ofreció alquilar una casa en Alberuela. Lo que iba a ser temporal se convirtió en vida: primero 5 años de alquiler y, después, compró la casa, lo que suman ya 8 años de vida en el pueblo. La suerte acompañó: la vivienda estaba en buen estado y los vecinos le abrieron las puertas desde el primer día.
Ser mujer en la veterinaria rural no fue fácil al principio. La desconfianza por su juventud y falta de experiencia (mover terneros, saltar vallas) fue un obstáculo, pero con paciencia y trabajo se ganó el respeto de los ganaderos. Aprendió que, en el campo, el conocimiento práctico pesa tanto como el título, y hoy celebra que cada vez más mujeres se sumen al sector.
Lo que más valora de su vida en el pueblo es la calidez de la gente: los regalos inesperados (lechugas, huevos, chorizo), las paradas obligadas para charlar y la naturaleza a un paso de casa. Reivindica más apoyo para familias con niños —servicios, transporte—, pero sin perder la esencia rural. Para ella, el encanto está en esos detalles que tejen comunidad: las migas en romería, la iglesia que todos limpian o el bar donde siempre hay alguien con quien compartir.