Carlos la vio pasar con los cascos puestos por la fuente, al lado de la plaza, donde estábamos instalados. «Me da que le tiene que molar la música», le dijo a Eli. Tenía razón, después descubrimos que Lara lleva seis o siete años estudiando saxofón y está aprendiendo también a tocar la guitarra.
Su profesor de saxofón le enseña música tradicional de los pueblos, que la conecta con su experiencia de acompañar a su madre y el grupo baile de jotas a muchas actuaciones y ensayos. Todo esto no quita que esté al día con Bad Bunny, Quevedo o Bad Gyal. Una cosa no quita a la otra.
Ha vivido siempre en La Acebeda. Cuando era pequeña había otro niño más o menos de su edad en el pueblo. Para ella, la normalidad era jugar, ayudar con el huerto, las gallinas, y todavía lo es. Pero con los catorce años que tiene ahora, no queda nadie de su edad y su tiempo entre los lunes y viernes es diferente, mucho más intenso, ya que pasa casi más tiempo en Buitrago del Lozoya que en su pueblo. Allí va al instituto, a extraescolares y es donde tiene a sus amigas.
Nos cuenta que en verano, el pueblo cambia. Pueden llegar a juntarse un grupo de veinte o treinta, y algo que durante el curso no existe, vuelve a existir. Por su sonrisa intuimos, que disfruta de los veranos en el pueblo.
Cuando le preguntamos por el futuro, aun no tiene del todo claro como será su vida, pero no se ve viviendo en La Acebeda. Aunque quiere seguir vinculada al pueblo y poder pasar los fines de semana y los veranos en él.
Nos confiesa que en alguna ocasión, algún profesor de Madrid le ha preguntado cosas que la dejan sin saber muy bien qué contestar; cosas como: ”¿Tienes cobertura en casa?”
Su reflexión ante estas actitudes urbano vs. rural, es que «al final, aunque el sitio sea diferente, las personas acaban siendo iguales.»