La mañana que abrimos el estudio, su madre nos avisó de que estaba en el bancal. Joan es arqueólogo y dirige el Museu de l’ETNO, en Valencia.
Tuvimos una charla muy agradable donde nos habló de Fageca —»el centro del universo», dice— con la autoridad de quien ha crecido, se ha marchado, ha vivido fuera y ha vuelto a saber exactamente qué echa de menos. Nació aquí en 1971, hijo y nieto de fagequins, en un mundo tan valencianoparlante que calcula que tendría cinco o seis años la primera vez que escuchó el castellano.
Describió una infancia de veranos interminables, nos contó de las catorce o quince criaturas de la escuela unitaria, las conversaciones entre mayores y pequeños que se daban de manera natural porque la comunidad era pequeña y no había otra opción. A los catorce marchó interno a Cheste. La primera noche que se asomó a la ventana y vio las luces de la autovía y el resplandor de Valencia a lo lejos pensó: hòstia, cómo es el mundo. Hasta entonces, para él, la noche era noche y el día era día.
Hoy, desde Valencia, vuelve todos los fines de semana. Nos dijo que Fageca es el único lugar donde de verdad se relaja. El único.
Su hijo mayor Pau —criado en parte por la abuela en el pueblo— ya tiene su propia colla de veinteañeros allí. El arraigo no se explica, se contagia. Pau ya lo sabe, aunque todavía no lo sepa.