Audio próximamente.
Se llama Leonardo, pero todo el mundo le conoce como Fortu. Fue de los primeros en retratarse. Acompañado de su hijo, su agilidad no habla de los noventa y tres años que lleva vividos. Con orgullo tranquilo, nos dijo que era el más mayor del pueblo.
Se marchó de Villarejo con dieciséis años, dirección a Francia, con contrato de trabajo bajo el brazo pero sin saber una palabra de francés. En el país galo trabajó de muchas cosas diferentes. Nunca tubo miedo a aprender cosas nuevas. El idioma lo aprendió haciéndose amigo de los locales, no de los españoles. Apasionado del baile, conoció a su mujer cerca de Nantes. Se casó allí. Con el tiempo se sacó la doble nacionalidad, eso le dio la oportunidad de opositar.
Cuando llegó la guerra de Argelia, un contacto le colocó de cocinero en el ejército, pero para eso, tuvo que formarse como tal. Así, pasó más de veinte años entre la capital y el desierto. Nos contaba que cuando habían disparos cerca, se ponía detrás de la cisterna y cantaba flamenco. Los franceses no lo entendían. «Canto porque tengo miedo», les decía. –No tengo vergüenza de decirlo–, nos confesaba.
Le tocó aprender mecánica en las noches, de manera autodidacta. Los libros y la madrugada fueron sus maestros. El esfuerzo le permitió acabar como responsable en una empresa de fabricación de piezas para la industria aeronáutica, donde su trabajo consistía en controlar y dar el visto bueno a las piezas que salían.
Hace doce años, regresó al pueblo. Antes tuvo que cumplir la promesa que le hizo a su mujer; “si volvemos a tu pueblo, quiero una casa como la que tenemos ahora”. Los planos los dibujó él. Se trajeron los muebles comprados en una tienda de Nantes, muebles que habían sido importados desde una fábrica de Toledo… los muebles también volvieron a su lugar de origen.
Antes de despedirnos nos dijo, como quien constata algo evidente –“Mi vida ha sido muy feliz”–.