Basilio, de Santa Cilia, lleva casi un siglo vinculado al campo. Casado con Luisa desde hace 69 años, atesora los secretos de la viticultura de antaño. Recuerda cuando plantaron la garnacha —traída de Navarra a 60 céntimos la cepa— y cómo el clarete se fermentaba con los hollejos, mientras el sobrante alimentaba a las gallinas. «Antes el vino era más basto, ahora es otra cosa», dice.
Labró la tierra primero con mulas y después con uno de los primeros tractores del pueblo, comprado entre siete vecinos. Nos cuenta que la luna marca el ritmo: la madera se corta en menguante y el vino se trasiega entonces, «porque es cuando se mueve solo». Hoy solo quedan dos viñas en Santa Cilia, pero su memoria guarda cada detalle de un oficio que ya no es lo que era.
Hemos compartido unos días con él y Luisa, vecinos entrañables que, con sus historias y su vitalidad, nos recuerdan que el campo no es solo tierra, sino sabiduría hecha rutina.