La Bitxa hace un ruido que no pasa desapercibido. Y en la calma de una plaza de un pueblo pequeño, como Villarejo de Montalbán, ese ruido llega a todos los rincones. Vecino de la plaza, Arturo salió de casa para ver cómo nos instalábamos en el lugar más céntrico del pueblo. Al día siguiente, con casco y ropa de trabajo, le vimos cerrar los portones de casa y partir al campo subido en el quad preparado para fumigar.
Arturo nació y creció en Madrid. Trillizo e hijo de una familia con tierras, que hasta hace poco eran de cereal. La pandemia fue el detonante, pero la decisión llevaba tiempo llamándole: demasiados atascos, demasiado ruido, y unos olivos y almendros plantados por su padre, que cada año pedían más cariño.
Se hizo joven agricultor. El que había estudiado para ser profesor de inglés, aprendió lo que no sabía del campo. Y fue descubriendo, que el campo tiene sus propias formas de darte la vida, pero también de ahogarte; como normativas que cambian, maquinaria muy cara, márgenes que se quedan en nada…
Nos contó que su hogar no está solo en Villarejo. Vive entre tres sitios: el pueblo, Madrid —porque cuando has crecido en una ciudad hay momentos en que necesitas el bullicio, aunque sea un rato— y Lituania, donde está su pareja. Esa movilidad es la forma que ha encontrado, para que “todo esto” tenga sentido y sea sostenible para él.
Su plan a medio plazo es comercializar su propia marca de aceite, para no depender de la Cooperativa, para ponerlo en valor, embotellarlo y crear su propia imagen. Nos decía, —no necesito un Ferrari, pero tampoco quiero estar penando— lo dijo con una calma que no sonaba a resignación, sino más bien a alguien que sabe exactamente lo que quiere.