Cuando llegamos a Fageca, solo sabíamos que Alba era la hermana de Borja, el «culpable» de nuestra visita a Fageca. Poco a poco, nos fuimos construyendo una imagen mental de ella a través de lo que nos iban contando los vecinos: «La casa rural donde se alojan vuestros colegas fotógrafos Lucía y Alex, la gestiona Alba». «Tenéis que ir a comer al bar, se come muy bien, lo lleva Alba». «Tenéis una tiendita para comprar, es nueva, la han abierto hace poco, entre Alba y otro socio». Cada conversación sumaba un detalle a la imagen mental que nos estábamos haciendo de alguien que parecía estar en todas partes del pueblo.
Alba tiene 34 años, nació en Alcoy pero sus raíces tiran hacia Fageca con una fuerza que ella misma describe como visceral: el 75 % de sus abuelos son de aquí, y esa sangre se convierte en obsesión. «El sentimiento de arraigo es muy, muy profundo. Es parte de mi identidad», dice. Y cuando lo dice, habla como quien no negocia. Su sueño era abrir un restaurante en su pueblo — ponerlo en el mapa — y eso la movió durante años: primero a estudiar cocina, para después trabajar en Valencia y Denia entre otros, y finalmente comprar una casa donde poder hacerlo posible. Mientras espera a que la obra del restaurante avance, Alba no deja de gestionar los diferentes negocios de los que nos habían ido contando los vecinos.
La cocina es su lengua materna — de su padre heredó la pasión de estar en la cocina, de su abuela la receta de la tarta de cumpleaños, de su tío un bocadillo mítico, y sigue buscando recetas de fagequins y fagequinas para incorporarlas a su recetario y que no se pierdan esos sabores que siguen grabados en las papilas gustativas de los vecinos y vecinas — pero el emprendimiento es lo que la enciende. En sus palabras, es «capota»: insistente, cabezuda, constante.
Cuando finalmente la conocimos en persona durante la sesión de retratos, descubrimos que esa dispersión que el pueblo narraba contenía en realidad una brújula única: todo lo que Alba hace es para que Fageca respire. Para que tenga servicios. Para que quienes se fueron puedan volver, como ella misma. Y eso, en un pueblo pequeño, es lo que sostiene la vida.